Las fiestas navideñas siempre traen consigo una cosa que odio: las comidas de trabajo, cenas de trabajo, fiestas aledañas y salidas nocturnas con compañeros y, sin embargo, amigos. Siempre he odiado estas cosas. No soy un tipo especialmente sociable. Inevitablemente esos momentos en los que acabas al lado de un semi-desconocido con un vaso en la mano y sin nada que contar me provocan un tremendo stress. Una sensación de "mierda, que le digo a este ahora" que no puedo evitar.
La conclusión siempre es la misma. No voy. O, si voy, no suelo separarme en exceso de aquellos a los que ya controlo a base desayunos o viajes en común. De todos modos es inevitable coincidir alguna vez con la tía de la oficina que jamás te dirije la palabra, con el soplapollas de soporte que, por lo general, te parece el tío más insoportable del mundo, con el mamón que sabes que no te aguanta o con el engreído que matiza cada frase con aires de comprension y condescendencia impostada que no hace sino tocarte los cojones.
A lo mejor soy un acomplejado. No lo sé. El caso es que hoy he tenido una de esas sesiones de "vamos a hablar de nuetras cosas en un ambiente relajado" y, desafortunadamente, mañana tengo otra. Hoy, por eso de que uno tiene cierta familla tonta de que le gustan cosas raras, me he visto envuelto en conversaciones sobre Michael Gondry y Johnny Depp para luego seguir con otras más mundanas centradas en el fútbol y la lesión de Pepe, mucho paddle, la afluencia veraniega de las cucarachas a las terrazas madrileñas de alguno de mis compañeros y los teléfonos móviles de empresa y su evolución imparable en esta sociedad. Han faltado Obama, los blogs, la crisis y las redes sociales de internet. Temas todos ellos en los que las opiniones de mis contertulios suelen tener una desigual trascendencia en mi futuro devenir, como podéis imaginar.
Cuando el exudado intelectual finaliza, siempre tengo la sensación tantas veces repetida de "I don't fit in". Me encanta esa frase en inglés. Como suena. Su sonido refleja la realidad del sentimiento de no encajar.
Creo, aunque pueda ser un exceso de autocrítica hacia un tipo tan majete como yo, que en el fondo hay mucho de vanidad en todo esto. En el fondo es muy posible que lo que pienses de verdad es que nadie esta capacitado para hablar contigo de temas que te interesen. Es más, si alguien lo intenta y falla el tiro, aún te parece más imbécil. Como la pescadilla que se muerde la cola.
Aún así hay momentos, pocos, en los que la habitación se ilumina y alguien nombra un grupo, un actor, una película o un jugador de tenis - si, me gusta el tenis - que te hace pensar que tal vez, solo tal vez, has vuelto a dar con alguien con quien puedes mantener una conversacion decente. Una conversación en la que no se nombran las mismas tontas anécdotas de empresa que has oído treinta veces, se comentan estúpideces sobre Zapatero o se menciona en alarde intelectual a Murakami, Paul Auster, Steve Jobs, Joaquin Sabina o a la puta Lisbeth Salander.
Hasta que esos momentos aparecen de nuevo, sigues hablando de futbol - que gracias al cielo me gusta -, de las tetas de la tía que se sienta tres mesas más allá o de lo jodido que se está poniendo el mercado dada la coyuntura macroeconómica actual. Al fin y al cabo, de algo hay que hablar.
El secreto finalmente consiste en desaparecer ante de que el alcohol excite los corazones. Ya es bastante castigo soportar estúpidos chistes vacíos cuando estás trabajando o compartiendo asiento en un AVE, como para hacerlo rodeado de risotadas y momentos de exaltación que solo sirven para avergonzarte al día siguiente. Yo lo intento. De hecho mañana tengo otra oportunidad de perfeccionar mis habilidades de snob de oficina.
... y, por si alguien se esta planteando el típico, "si tanto te jode, ¿por qué sigues con esa vida?" ... lo cierto es que no tengo una respuesta contundente. Llevo planteándome estas cosas desde que me conozco. ¿Insatisfacción patológica?. ¿Masoquismo?. ¿Cobardía?. ¿Apego al salario de fin de mes?. Todo a la vez. Who knows?.